La muerte de 29.933 hombres y el Sentido Común

La ciudad de Saint Pierre destruida

Por Juan Pablo Sartén


Leyendo un artículo de Garcia Marquez Fantasía y creación artística en América Latina y el Caribe me enteré de la increíble historia de un hombre.

El 8 de mayo de 1902, el volcán Mont Pelé, en la isla Martinica, destruyó en pocos minutos el puerto Saint Pierre y mató y sepultó en lava a la totalidad de sus 30.000 habitantes. Salvo uno: Ludger Sylvaris, el único preso de la población, que fue protegido por la estructura invulnerable de la celda individual que le habían construído para que no pudiera escapar.

Ludger Sylvaris mostrando sus quemaduras
El Monte Pelé (montaña pelada) es un volcán que domina la isla con sus actuales 1.397 msnm. Para 1902, entrando al siglo XX, la altura era mucho mayor. El Monte Pelée había dado señales de actividad en 1792 y en 1851, aunque en ambos casos las erupciones fueron leves.

Desde la quincena de abril de 1902, el monte había empezado a dar señales de actividad con ruidos subterráneos, temblores leves y agrietamientos en parcelas desde las cuales salían fumarolas despidiendo azufre.

St. Pierre, fundada a orillas del mar Caribe, era una próspera colonia francesa de más de 20.000 almas desde la cual se comerciaba la preciada caña de azúcar. Era el segundo asentamiento más importante después de Fort-de-France, distante a 24 km al sur. A solo escasos 7 km de St. Pierre se elevaba el volcán.

El jueves 1 de mayo de 1902, el volcán empezó a lanzar ceniza a su alrededor que cubrió los sembrados aledaños y además contaminó las aguas cercanas al puerto mismo.

Se encontraban anclados varios navíos, algunos italianos, otros noruegos, aunque la mayoría eran estadounidenses en tránsito.

El gobernador Louis Mouttet fue recibiendo partes y avisos que indicaban una inusual actividad volcánica en desarrollo, pero por razones políticas intentó bajar el perfil de los sucesos resistiéndose a la evacuación general de St. Pierre. En la noche los sismos de baja intensidad acompañados de ruidos subterráneos no dejaban dormir tranquila a la población.

El viernes 2 de mayo, se recibieron partes de aparición de fumarolas, aluviones de lodo caliente y una incesante lluvia de ceniza fina volcánica. Algunos cónsules optaron por cerrar sus edificios y ordenaron embarcar a su personal en los barcos anclados en el puerto; de hecho, algunos capitanes decidieron zarpar por considerar que la isla corría peligro.

El sábado 3 de mayo, la ladera occidental del Monte Pelée estaba completamente cubierta de ceniza blanca y numerosos grupos de refugiados y comarcanos que huían de este sector llegaron a St. Pierre. Estos comentaron que varios de los 22 ríos colindantes estaban desbordándose y que el Roxelane, un río muy cercano al volcán, estaba completamente contaminado con cadáveres de animales y algunos cuerpos humanos en sus orillas. Ante las consultas desesperadas de los habitantes, el alcalde de St. Pierre, Roger Fouché, junto con el gobernador intentaron calmar a la población e insistieron en que los eventos cesarían y que nada malo ocurriría.

Desde el 4 al 7 de mayo, el Monte Pelée entró en una fase de actividad pirotécnica lanzando alrededor proyecciones clásticas incandescentes y una fumarola empezó a tomar las alturas por sobre St. Pierre. Los animales, tanto salvajes como domésticos, huyeron: el ingenio Guérin, ubicado a 3 kilómetros al noroeste de St. Pierre, fue invadido por millones de hormigas y ciempiés de más de 30 cm de longitud, que atacaban a todo  lo que se encontrara en su camino. En St. Pierre, cientos de víboras fer-de-lance, muy venenosas, tomaron las calles. Se ordenó al ejército exterminarlas a tiros, pero no pudo lograrlo antes de que las serpientes mataran a 50 personas y muchos animales domésticos.

Para ese momento, St. Pierre ya tenía una población de refugiados que sobrepasaba los 30.000 habitantes, provocando de esta manera una aguda escasez de alimentos.

El jueves 8 de mayo, a las 7.30, el volcán entró en fase de erupción cataclísmica declarada, arrojando grandes cantidades de lava. Una colosal y densa columna piroclástica se elevó a más de 10 km de altura, desarrollándose con gran rapidez. Treinta minutos más tarde esta misma columna, al ceder la presión inicial de empuje vertical, colapsó y con una temperatura de entre 400-500 °C descendió por las laderas cubiertas de lava incandescente hasta cubrir el terreno y asolando completamente St. Pierre y el mismo puerto.

La ciudad estalló en llamas, toneladas de cañamales y azúcar se inflamaron y alrededor de 30.000 personas perecieron afixiadas unas, incineradas otras. Para muchos la muerte adquirió características horribles.

Varios barcos al ancla fueron alcanzados por la nube piroclástica e incendiados resultando toda su tripulación muerta, transformándose en osarios flotantes; entre ellos, los barcos estadounidenses, tales como el buque mixto SS Roraima con 50 personas a bordo, el vapor Rodman, el SS Tamaya y Grappler que se hundieron más tarde. La extensión de los daños abarcaron los 58 km² de destrucción absoluta. Ningún edificio quedó en pie.

Increíblemente, hubo al menos en tierra dos sobrevivientes: un zapatero de veintiocho años llamado León Compère-Léandre (1874-1936) que estaba en un sótano y un obrero llamado Louis-Auguste Cyparis, o Ludger Sylbaris, (1875-1929), que se encontraba preso en una celda que fue cubierta por la ceniza inicial que lo salvó del calor reinante. Algunas otras fuentes citan a tres sobrevivientes más: una niñita llamada Havivra D'Ifrile, una sirvienta apellidada Laurent y una mujer llamada Filotte. Las dos primeras relataron los hechos antes de morir en Fort-de-France debido a la gravedad de sus quemaduras. La tercera, murió poco después de ser encontrada.                                                                                (Wikipedia)

García Marquéz  en su artículo omite al zapatero. Quizás por desconocimiento o quizás como artilugio estético. De todas maneras qué nos importa, la cuestión por la que estamos aquí es la de revivir aquel fantástico suceso, y acorde a la Historia o no lo hemos hecho.

Ahora bien, toda historia es una metafórica pero la de Ludger Sylvaris es una excepción. Es una metáfora elevada al cubo y multiplicada por diez. De un valor estético y filosófico enorme. La breve lectura que realizaré aquí es de carácter sociológico y poco tiene que ver con la erupción. 
La prisión como sinónimo de Vida no es algo nuevo. Hace ya más de un siglo que es un discurso destacado en el Sentido Común Latinoamericano, es decir, dentro de nuestras creencias colectivas. Voltaire en su Diccionario Filosófico define al Sentido Común como razón tosca, razón sin pulir, primera noción de las cosas ordinarias, estado intermedio entre la estupidez y el ingenio.
Voy a citar dos ejemplos de Sentido Común, uno de extraído de la actualidad y otro de 1905 para que indaguemos la metáfora Prisión igual Vida.

19 de septiembre del 2011
"Yo creo que la policía debería ser más activa en la prevención de la delincuencia, pero creo también que se deberían reforzar los mecanismos judiciales, así como aplicar sanciones verdaderas, no 2 o 3 añitos que se pasan volando entre lujos y comodidades."

Aquí vemos cómo, según el narrador, la prisión no sólo le aseguraría la supervivencia al preso sino que lo mantendría en un estado de bienestar superior al normal. De esto se deduce que sí querríamos vivir en condiciones aristocráticas deberíamos hacernos meter presos.

15 de mayo de 1905
El gran intelectual argentino José Ingenieros en un viaje por África escribió:


"La cárcel es un edificio de sesenta metros por cuarenta, inaugurado a fines del año recién transcurrido. Una verja exterior ciñe el frente del edificio. Cuatro cuadras espaciosas, dan albergue a una treintena de presos. Catorce de ellos son menores de edad; hay una sola mujer. El delito común es el robo; hay un presunto uxoricida, un procesado por riña, otro por lesiones, y un viejo tenido por brujo y sospechado «de sacar el unto» a las personas, delito que todos mencionan y nadie sabe en qué consiste. El régimen es patriarcal. Los presos beben cashasha junto con los centinelas y juegan a los naipes con el alcalde; reciben visitas de sus mujeres e hijos dentro de las celdas, tocan la guitarra y bailan con las negras.

Toda su pena es la secuestración; pero ninguno se queja de ella. Varios en cambio, confiesan su dicha por tener ¡al fin! casa limpia, cómoda, aereada y llena de sol, comida segura, ropa decente, todo ello sin la obligación de trabajar para ganarse la vida que arrastran los que están en libertad. Así se explica por qué por el robo de una cuerda, un par de alpargatas, tres bananas, una bolsa vacía, y otros delitos similares se dejan estar meses y meses en la agradable prisión, sin apresurar el trámite judicial. Los bienaventurados no quieren ser absueltos, temen la libertad: saben que esta heroína de los filósofos románticos sólo puede ofrecerles una vagancia probable a cambio de un hambre segura. En este sentido la abolición de la esclavitud ha sido una desdicha para los negros libertos."
"San Vicente"; Las crónicas de José Ingenieros en La Nación de Buenos Aires (1905-1906)



En esta crónica observamos el valor que le atribuyen los negros a la prisión. Siguiendo al narrador es algo así como el Jardín del Edén de los negros. Ingenieros afirma que debido a los beneficios carcelarios nadie quiere salir de la prisión. Ahora bien, no olvidemos que Ingenieros adhería al Darwinismo. Para él, en la famosa "lucha por la vida", el hombre negro pertenecía a una raza inferior. De ahí la existencia de estos miserables prejuicios en la crónica.

Si bien los casos citados difieren cualitativamente, mi intención fue la de esquematizar el carácter ficcional y muchas veces incorrecto del Sentido Común (discurso Prisión sinónimo de Vida). Digo ficcional por el uso de una "bella" metáfora y digo incorrecto porque las cárceles no son precisamente un lugar de lujos y comodidades, ni en 1905 ni en el 2011. 
A continuación algunos datos:


Carcel de Chikurubi, en Harare, Zimbabwe



"Los establecimientos penales son "basureros humanos", (...) Es de público conocimiento que las cáceles están superpobladas, que los presos viven hacinados, que la alimentación es precaria y de mala calidad, que la atención de la salud es pésima, que los obligan a dormir sin colchones, que en la mayoría de los penales los detenidos y detenidas están caminando sobre aguas servidas, que no hay vidrios en las ventanas, que quienes habitan las cárceles son jóvenes pobres de alrededor de 20 años de edad."


“Los problemas carcelarios en general no son problemas de las cárceles argentinas y no difieren mucho de los que tenemos en España, hacinamiento, maltrato. (...) Cierto es que (en España) no suceden hechos de la brutalidad, obscenidad y gravedad como los que ocurren acá, que entre Magdalenas, Santiagos y demás tienen treinta y pico de muertos cada año.”
Cárcel Latinoamericana


"La situación penitenciaria en nuestro país no resiste más", afirmó el presidente chileno tras confirmar más de 80 muertes en la cárcel de San Miguel. "Tenemos 53 mil reclusos. El grado de hacinamiento supera el 70 por ciento. En algunas, como San Miguel, supera el 90%, y otras más el 200%"


Me pregunto que diría Michel Foucault sobre el caso de Ludger Sylvaris.
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